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LA GÉNESIS DEL FESTIVAL VALLENATO CÓNDOR LEGENDARIO

Los oscuros nubarrones se adueñaron desde horas matinales del cielo costero y hacían presagiar un cambio en las condiciones climáticas. Era sábado 15 de octubre de 1.988, una fecha esperada por todos los parroquianos de Juan de Acosta y sus alrededores, pues ese día las melodías de los acordeones, cajas y guacharacas  sonarían en la pequeña tarima dispuesta por la firma licorera Aguardiente Cristal, para que los participantes desplegaran sus cantos y piquerias en vibrante duelo. A pesar de los ruegos silenciosos de la junta organizadora del festival y de los de las decenas de inscritos participantes, la furia descomunal proveniente del cielo, finalmente, decretó un torrencial aguacero cuando las últimas luces del ocaso solar se escondían entre las colinas cercanas al mar.

Arriba del entramado, Argénida Molina Charris e Indira Imitola Acero, vestidas de negro y amarillo, como cantantes estelares de orquesta, se guarecían bajo un pequeño paraguas a rayas azules, ocres, rojas y blancas del colosal diluvio, al tiempo que esbozaban su preocupación por el riesgo de la cancelación del programa. Jorge La Hormiga Barraza, radio periodista y uno de los artífices, al lado de Alaín Cárcamo y Ángel Alfonso Molina, del inédito festival, vestido con camisa y zapatos blancos y pantalón azul claro, también dejaba entrever en su faz la angustia, debido a que las gruesas gotas celestiales no cesaban ni un instante. Sin embargo, cerca de las ocho de la noche, multitudes de nativos del pueblo, de sus corregimientos y de otros lugares lejanos atiborraron la plaza, haciendo caso omiso, tal vez, a las fuerzas de la naturaleza que parecían confabularse para que el festival de canciones inéditas y piquería no iniciara tal como estaba previsto.

Por su parte, Alaín Cárcamo, un joven seco de carnes, espigado, de piel morena, cabello negro, nariz fileña y antiparras de aumento, que fungía como el presidente del primer festival, de igual forma se hallaba intranquilo por la furia de la madre natura. No obstante, a las ocho y treinta, el presentador oficial Jorge Gabriel Barraza Hernández, un periodista empírico, de voz nítida y potente, que aprendió los gajes del oficio en La voz de la patria a mediados de los años setenta, primero en deportes, al lado de su tío, el reconocido Tomás Barraza Manotas, y luego como director y conductor en programas como Voz y acordeones, Aquí canta el vallenato, Acordeón solo acordeón y Fiesta vallenata, en diferentes estaciones radiales como Todelar, Emisoras 1220, Cadena Radial La Libertad y La voz de la patria, y cuya fama como animador en casetas de carnaval y en bailes con agrupaciones de música de acordeón traspasaba las fronteras municipales y se extendía a lejanos lugares, rompió el murmullo de las gotas de lluvia cuando empezó a probar el sonido con los éxitos vallenatos del momento. Debajo de la rústica armazón de madera, los concursantes les daban el toque final, unos, con guitarras, y otros, con acordeones, a las piezas musicales con que se subirían a hacer sus presentaciones. Atrás habían quedado las veladas de cuatro meses de esfuerzo y de gestiones, para la organización del encuentro musical. Y por fin, sonaba el primer golpe de acordeón de César Martínez, acordeonista de planta, para dar apertura a un inolvidable festival.

Alaín Ramón Cárcamo Parra, nacido el 6 de septiembre de 1.966 en Curumaní, Cesar, tierra de esencia vallenata, había llegado a Juan de Acosta por primera vez a mediados de 1.986 con Édgar Alfonso Fominaya Tromp –conocido como Hary-, compañero de aulas en la Universidad Libre, y cuyo padre Moisés Rafael Fominaya Ortiz tenía una pequeña finca llamada La Esmeralda, situada entre los límites de Tubará y Juan de Acosta. Para escapar de la exigencia de los estudios, Hary y sus hermanos menores Moisés, Roberto y Abel frecuentaban todos los fines de semana el pequeño feudo, donde se encontraban con los paisajes que ofrecía la naturaleza. En una de las excursiones, Hary Fominaya invitó a Alaín Cárcamo, para que viniera a distraerse al predio que en mayo de 1.986 había adquirido su padre. Un sábado de agosto, en una camioneta blanca, de platón y de matrícula venezolana, de propiedad del viejo Moisés, los hermanos, Hary, Moisés, Roberto y Abel Fominaya y Alaín Cárcamo marcharon al pueblo de Juan de Acosta, donde probarían el vino, mientras visitaban personas del talante de Guillermo Rada Padilla, vecino de la finca La Esmeralda, y de Pompilio Eduardo Echeverría Jiménez –El Pillo-, quien había trabajado unos años atrás con el viejo Moisés Rafael Fominaya en la aduana de Barranquilla. Las casas de estos dos costeros de buen corazón les sirvieron de alojo a los muchachos en muchas jornadas sabatinas de trago.

A principios de 1.987, los hermanos Fominaya y su amigo Alaín se divertían sanamente en las casetas de carnaval existentes en la época. El Tamarindo, uno de los salones de baile ubicado en la calle de Las Delicias, se abarrotaba de jóvenes y adultos que iban a bailar, a enmaicenarse y a libar copas. Allí, Alaín Cárcamo conoció a una joven estudiante de último año de bachillerato, quien de inmediato, le clavó una flecha en su corazón. Sin embargo, no volvió a verla por meses, debido a la dureza de los estudios y a que ella tenía novio. 

En las nacientes festividades de la Virgen del Carmen de El Vaivén en 1.987, Alaín Cárcamo, que cursaba quinto semestre de medicina, volvió a tierras costeras y se reencontró en la cantina de Aleván Rada Sánchez con la joven colegiala, que había conocido meses atrás en El Tamarindo. El encuentro casual sirvió para que ambos se dieran cuenta de la mutua simpatía y de las necesidades sentimentales que experimentaban el uno por la otra. Entonces, se inició el noviazgo. Ella se llamaba Clemencia y era la protagonista de las páginas de un enamoramiento que tal vez terminaría siendo la génesis del festival vallenato. La linda mujer de exuberante cabellera negra, ojos expresivos y cuerpo delgado atrajo al futuro galeno cesarense a los suelos que en 1.892, Basilio Molina Arteta, Ariel Arteta Molina y otro puñado de prohombres costeros habían defendido con entrega y tesón hasta devolverles la categoría municipal.

Alaín Cárcamo Parra, de 21 años, aparte de inclinarse en su vocación por la ciencia médica, desde muy niño llevaba en sus venas la herencia de Francisco El Hombre, y por eso tocaba guitarra y componía canciones en género vallenato, lo que le valía también para amenizar parrandas estudiantiles en La Arenosa y mantener vivo el amor por su terruño y ahogar la nostalgia que produce estar alejado de él. De ahí que, muy pronto, hubiera encontrado a personas afines a sus gustos musicales y con las que compartía los fines de semana cuando llegaba a la patria chica de Leopoldo Tovar Arteta a visitar a su juvenil novia, quien vivía con su tía, la profesora Telesila Arteta, en una vieja casona de esquina, donde además había un pequeño negocio de venta de cervezas. Con el paso de los meses, los amores de Alaín y Clemencia se tejieron en una urdimbre difícil de soltar.

En una vieja cantina de esquina de la calle Grande, detrás de un mostrador de madera de principios del siglo XX, vendía cervezas Luis Arteta Consuegra -El Niño- para distraer su mente y combatir las limitaciones físicas con que había nacido. El Niño, tío de Clemencia, era diestro en las operaciones matemáticas y nunca se equivocaba a la hora de sumar, restar, multiplicar y dividir en la sacada de las cuentas de su ventorrillo.

Cuando Rafael Vicente Echeverría Consuegra se posesionó como primer alcalde popular de Juan de Acosta el 1º de junio de 1.988, ya había transcurrido casi un año desde el comienzo de los amores del estudiante de medicina con la alumna de derecho. En las afueras del vetusto expendio de licor, sentados en unos taburetes de cuero, se hallaban departiendo unas cervezas Alaín Cárcamo y Jorge Barraza Hernández, quienes se habían conocido una semana antes por medio de la novia costera del forastero. Al calor de los tragos, La Hormiga le habló al galeno en ciernes de Poncho Molina, el autor de la conocida canción El cóndor legendario, por lo que de inmediato, un joven emisario le avisó a Poncho que Alaín Cárcamo lo quería conocer, acudiendo aquel a la esquina de la entonces calle cuatro.

-Me gusta este pueblo. Veo que le encanta el vallenato. Vamos a hacer un festival- le dijo entonces a los presentes.

La idea caló hondo al instante, así que muy pronto entabló una fuerte amistad con Ángel Alfonso Poncho Molina, el fecundo compositor costero de varios aires musicales. De modo que sus voces y guitarras hicieron comunión en jolgorios y serenatas donde también convergían otros amigos como en una asamblea de cantares. Clemencia, la agraciada chica, que acababa de ingresar a estudiar derecho en la Universidad Simón Bolívar de la capital del Atlántico, muy rápido se convirtió en numen del joven rapsoda curumanilense, quien arrobado por su juventud, donaire y tez de azucena, le puso con su inseparable guitarra melodías a unos versos que le había compuesto para testimoniarle su entrañable cariño.

-“Dicen que todo el que toma el agua acá, si se va se vuelve no se quiere ir más”.

Pero, él no cumplió con la sentencia de la pieza musical y unos años después no volvió a saberse nada más de su persona, sino de sus composiciones como Parranda en el cielo, grabada por Jorge Oñate en 1.992, y cantada en vivo por Silvestre Dangond en mayo de 2.017, Los mandamientos, por Los Chiches del Vallenato, en 1.996, Las hijas de mama, por Carlos Narváez y Dagoberto Osorio, en 1.994 y Eterno adiós, por Silvio Brito y Némer Tetay, en 2.009.

Tras varias reuniones en casas de Isbelia Charris, Telesila Arteta, Saturia Acero y Maritza Alba, la idea del festival fue tomando cada vez más forma. Surgieron interrogantes acerca de la fecha del certamen y de dónde iban a salir los fondos para sufragar los gastos de todo el andamiaje. Un festival vallenato de canción inédita y piquería al mejor estilo de la famosa disputa de la Leyenda Vallenata de Valledupar, o de los de Villanueva, San Juan del Cesar, Fonseca y tantos otros desperdigados en la geografía de la Costa Norte de Colombia ameritaba muchos esfuerzos. Finalmente, la Junta del Festival, conformada por Alaín Cárcamo, Jorge Barraza, Ángel Alfonso Molina, Argénida Molina, Indira Imitola y Francisco Alba Jiménez, decidió que las prodigiosas manos de doña Maritza Alba adobaran unos pasteles para la recolección de fondos. Esto se llevó a cabo varias veces con unos buenos dividendos. Asimismo, estableció el puente festivo del 15 y 16 octubre de 1.988 como fecha para efectuar la batalla de verseadores y cantantes.

Resultaba novedoso para la tierra de don Gilberto Arteta y don Carlos Higgins un espectáculo de esta naturaleza debido a los pocos exponentes que se contaban del folclore vallenato hasta ese momento. En marzo de 1.968, La Gruta -llamada así en honor de La Gruta Simbólica, una agrupación de poesía, política y literatura, surgida en 1.900, justo en La guerra de los mil días-, conformada por un grupo de amigos amantes de la música, la literatura y la poesía como Rubén Darío Alba Rocha, Nicanor Molina Molina, Nicanor Redondo, Luis Carlos Molina –El Guacho-, Marco Aurelio Echeverría Rocha, Ángel Alfonso Molina, Martín Molina Echeverría –El Gringo de Rita- y Luis Alfonso Charris Charris, emergía en el concierto informal callejero al tenor de parrandas y serenatas en aires de pasillos, rancheras y vallenatos, y cuyos integrantes le sacaban gracia a la vida con temas del momento y con añejos clásicos que eran el deleite de las jóvenes en edad florida.

Poncho Molina, miembro de La Gruta, y a quien a fines de 1.977, los Hermanos Zuleta le habían grabado el rotundo éxito El cóndor legendario, y Osvaldo Rojano y Virgilio De La Hoz, La caprichosa, en 1.980, en coautoría con Eduardo Majul, se destacaba como una voz en la materia. Y en Juan de Acosta, que se había caracterizado por ser un pueblo amante de la música de acordeón desde unos 25 años atrás, no había más talentos reconocidos en la música vernácula de La Guajira y Cesar. El amor por la música vallenata en este pueblo tiene su génesis en los trabajadores que iban en las temporadas de fin de año de las décadas de los sesenta e inicios de los setenta a recolectar algodón en los latifundios infernales del Cesar. Después de dos meses o más, los recolectores del blanco fruto vegetal regresaban a casa cargados de radios, grabadoras y cassettes con las más recientes grabaciones de la incipiente música de acordeón. Fue así como se propagó.

Arcadio Martínez, el llamado cónsul del vallenato en Barranquilla, dueño de la compraventa de autos Arcamarautos, fue un bastión fundamental de la primera versión del festival vallenato, pues impulsó con ideas y dinero el duelo de piquerias y canciones inéditas y ayudó a abrir muchas puertas para que fuera posible su realización. Importante apoyo también brindaron la Droguería Centro, de Vera Molina Acero, con murales para la difusión del certamen, y Jeremías Higgins Arteta, con atención en viandas para jurados e invitados, en su recién inaugurado restaurante El Fogón Costero –julio 16 de 1.988-, ubicado en la esquina de la plaza, y donde una vez funcionó la Caja de Crédito Agrario Industrial y Minero.

Por su parte, Indira Imitola, joven estudiante de administración de empresas en la Universidad Autónoma del Caribe y Argénida Molina Charris, estudiante de Comunicación Social y Periodismo en el mismo centro de estudios superiores, se movían como hormigas laboriosas para posicionar en buena forma al inédito acontecimiento musical y hacían contactos para llevar personalidades destacadas dentro del ámbito vallenato. Fue así como lograron que Luis Durán Escorcia, autor de la exitosa canción La enamorada, interpretada por Los Betos en 1.985; Iván Ovalle, quien sobresalía desde 1.987 por el arrollador tema Todo pasa, interpretada por Iván Villazón y el Cocha Molina; y Rafael Manjarrez, autor de decenas de páginas musicales, entre ellas Canciones lindas, integraran el jurado calificador para la noche del 15 de octubre. Ese día se les vio trepidando de frío tras los helados vientos, mientras calificaban a los concursantes en papeles húmedos por el rocío incesante.

La reyerta festivalera, desde el mismo momento en que empezó a publicitarse, despertó la atención de propios y extraños en el arte de componer canciones vallenatas. Jorge El Indio Norwood, Julio Molina Acero –Julio Puche-, José Luis Higgins Villa, Luis El Pochy Chávez Arteta, Edgardo El Niñón Charris Padilla, el profesor Edilberto Imitola Villanueva, Rafael Rocha Reyes –3R- y Francisco Charris -Frank Charrís-, entre otros, prepararon sus creaciones tan pronto tuvieron conocimiento del concurso musical a escenificarse en octubre. La junta del festival le puso pseudónimos a los participantes de la canción inédita como se hacía por costumbre en los grandes eventos de La Guajira y Cesar.

El Indio Norwood se presentó con el tema El buen ejemplo; Pedro Jiménez, con  La tierra del cóndor; José Luis Higgins, con Huellas; El Pochy Chávez, con Estampas de mi región; Julio Molina Acero o Julio Puche, con Entre nubes; y otro grupo de compositores tanto locales como de otros pueblos también hicieron lo propio, bajo el torrencial aguacero sabatino que no fue óbice para que la velada resultara multitudinaria y exitosa. Mientras caía un diluvio casi apocalíptico en la plaza, los participantes subían a la tarima uno tras otro a cantar debajo de una pequeña carpa, acompañados casi siempre del conjunto de planta conformado por César Martínez en el acordeón; Vladimir Amaya Lascarro, en la caja; y Germán Acero, en la guacharaca. Un equipo alterno de músicos completaba la faena: Víctor Coronell, acordeonista y guitarrista; Reinel Acero, cajero; y Ubaldo Coronell, también acordeonista. Abajo, el público exultante soportaba el descomunal aguacero ocasionado por el mortífero huracán Joan, el cual causó 337 muertes en todo el Caribe, América Central, Colombia y Venezuela.

El tema Huellas, de la autoría de José Luis Higgins, que daba cuenta de la añoranza del autor por su tierra cuando estaba vendiendo las telas en Fundación, también hacía una mención de los caudalosos arroyos que desembocaban en el Caribe. Asimismo, reconocía la belleza de la mujer costera y el talento para el arte musical a la hora de arreglar unos versos, verbigracia como lo hizo Poncho Molina en El cóndor legendario. Por su parte, Luis Chávez Arteta –El Pochy- preparó Estampas de mi región, una página a la que le puso toda su alma en la letra y en la preparación desde tres meses antes del festival. Finalmente, en la antesala de la interpretación, Edgardo Reyes –El Negrito de Eustorgio-, quien cuidó su voz con panela y miel de abeja durante los meses previos de ensayo, huyó despavorido de la tarima. Aún es la hora y no se sabe musicalmente de él. Entretanto, El Indio Norwood, un estudiante universitario, hijo del esfuerzo y la perseverancia, escribió El buen ejemplo, un hermoso poema donde narraba sus vicisitudes infantiles y de niñez a la hora de ir a la escuela, y donde le imploraba casi de rodillas al profesor de la primaria que lo dejara asistir a la escuela porque no tenía un papá que le pagara sus estudios. Al final, este tema se llevó todos los aplausos y el galardón más alto.

A las once la noche del sábado 15 de octubre, el agua hizo una tregua y permitió que la velada musical culminara sin mayores sobresaltos. El domingo 16, el sol apareció resplandeciente desde las primeras horas del alba e iluminaba cada rincón de Juan de Acosta. Se respiraba música por doquier al compás de tragos de aguardiente, ron y sorbos de cervezas. Hacia las cinco de tarde, el sonido musical abrió fuego con el concurso de piquería en la ronda eliminatoria. Felipe Echeverría Consuegra, Miguel Darío Higgins Echeverría –Federico-, Rafael Echeverría Reyes, Ángel Ramos y otros verseadores oriundos de Juan de Acosta y de otros recónditos lugares iniciaron la contienda musical, en la que finalmente se impuso Felipe Echeverría sobre Ángel Ramos, luego de sortear con éxito el pie forzado Juan de Acosta está en la playa. Culminaba con categórico éxito el concurso de la piquería, al tiempo que el jurado calificador daba el veredicto de los triunfadores en la canción inédita, donde Jorge El Indio Norwood se alzaba con el galardón de vencedor con el tema El buen ejemplo, seguido por La tierra del cóndor, registrada como de la autoría de Pedro Jiménez, pero en realidad también del hijo de Tomasa, y en el tercer puesto Cuando me voy de parranda, de la rúbrica del profesor Edilberto Imitola Villanueva.

En 1.989, El Indio y Felipe Echeverría repetirían como triunfadores, de ahí que en el festival de 1.990, Juan Molina Arteta –Juan el de Musiu- inmortalizó en una hermosa sixtilla de El rincón vallenato, en una simbiosis de resignación y de historia, todo lo acaecido en las dos primeras versiones de la festividad, la cual precisamente desde 1.990 empezó a llamarse Festival Vallenato Cóndor Legendario, a iniciativa de su presidente y fundador Alaín Ramón Cárcamo Parra.

“Dicen que El Indio, seguro gana otra vez;
que el Cóndor viejo fuera de concurso está;
dice El Niñón que este año no podrá perder;
que Juancho Cotes no se vaya a emborrachar;
que Manuelito con el alma puede ver;
y que Felipe temprano viene a versear”.

Pero, El Indio Norwood no ganó por tercera vez consecutiva, ni mucho menos Felipe Echeverría, a pesar de haber asistido a versear a la tarima Mono Pompilio. En cambio, Juancho Cotes sí se volvió a emborrachar y a equivocarse en la interpretación, mientras Manuelito -Alba Olivares-, vencedor en piquería infantil en 1.989, siguió viendo con los ojos del alma al siempre fuera de concurso viejo Cóndor.

CARLOS AURELIO HIGGINS ECHEVERRÍA
Investigador cultural, cronista y folclorista.
Especial para la Fundación La tierra del Cóndor.
Juan de Acosta, agosto 20 de 2.018

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